Storytelling y algoritmos – Proyectos finales del curso intersemestral

Una producción del curso de posgrado Storytelling y algoritmos: Teoría y prácticas de la cultura en el año 2020.

Profesor: Jorge Carrión

Profesor asistente:Omar Rincón.

 

Si el siglo XX empezó en 1914 con el icono de una chaqueta ensangrentada, la del archiduque Francisco Fernando, cuyo asesinato en Sarajevo desencadenó la Primera Guerra Mundial, me pregunto con qué símbolo visual ha comenzado el XXI. Si lo hizo en 2001 con la imagen —repetida en loop— del desplome de las Torres Gemelas o si lo está haciendo ahora, con esas pantallas carentes de espectáculo, que reproducen, monótonas, las pequeñas ventanas desde las que contemplamos el nuevo mundo.”, Jorge Carrión

 

En estos tiempos de LA COSA donde hacer sentido es un acto de callar, se han creado nuevos modos de nombrarnos: Nueva Normalidad; metáforas de la guerra, el futbol y el miedo al otro como claves de la “lucha”; mascarilla, virus, zoom como símbolos de época; la idea capitalista de “aquí no ha pasado nada”, fallas en el sistema. Pero, la figura que quedará como marca existencial será la del distanciamiento como marca social, corporal, analítica, política y filosófica. La lucha es pecar contra la moral de la sana distancia. Amén.”, Omar Rincón

Proyectos finales

[MUTE]

Paisajes sonoros en tiempos de pandemia

Goldy Levy

Periodista y podcastera.


Sarah Castro

Periodista. Politóloga. Hincha de Juan Román Riquelme


Daniela Mercado


La pandemia generó una nueva estética visual y sonora en el mundo. Las calles enmudecieron mientras los sonidos de la naturaleza, los computadores y los teléfonos ocuparon su lugar. El miedo al contacto físico trasladó la experiencia social a las pantallas y el aterrador silencio de viralidad biológica hizo muy difícil confiar en la vida fuera de las celdas. Ni la muerte y sus ritos fragmentados por el virus pusieron fin a la incertidumbre. La pandemia creó un nuevo paisaje sonoro a partir de los silencios.

Conspiranoia:

la realidad como complot

Ana María Garcés

Antropóloga apasionada por la narraciones de aquí y de allá


Camila Soto

Artista plástica, adoradora de la arcilla y del papel


Camila Preciado

socióloga de profesión, periodista de corazón

Los sentimientos que experimentan los humanos en los momentos de crisis (miedo, incertidumbre y el estar fuera de control) estimulan la motivación de darle sentido a dicha situación. Esto explica por qué en muchos momentos de crisis social hay más probabilidad de que surjan las teorías conspirativas. La pandemia del 2020, una situación profundamente desconocida expande los costos sociales y económicos, la polarización política y la desinformación. Cómo explicar por qué en pleno siglo XXI no tenemos “explicaciones” del auge del enemigo más grande que se ha conocido en la modernidad. El virus del COVID-19 trae consigo un virus ideológico: la realidad como complot, o el complot como realidad, o todas las anteriores

Antropausa:

la nueva humanidad

Javier Jara

Diseñador, se supone


La Antropausa es la oportunidad que “el aislamiento social” como protección contra este virus nos dió para estudiar el efecto de la desaceleración de la actividad humana en el comportamiento de los animales. Los humanos-inteligentes le dimos una pausa al planeta. Pasamos de “emancipados” del reino animal, de criaturas sin madre, ni historia a conectados a lo no-humano. Los animales son metáforas y símbolos que nos ayudan a pensar en el comportamiento de las personas en la sociedad. Pasamos del antropoceno (el hombre como centro del mundo) a la antropausa (la naturaleza como eje de la sociedad). Este virus es un artefacto productor de narrativas alrededor del aislamiento de los humanos y el esplendor de la naturaleza. Y nos obliga a un cambio de posición, percepción y enunciación de los humanos frente a los animales. En esta obra una metáfora caricaturesca de lo que le pasó a #la humanidad y lo que se hizo visible tras la aparición del Coronavirus en ese lugar #animal llamado Colombia.

#RadiografíaMusicalCovid

Twitter:@RadiografaMusi1

Stefania Lopez Pachón

Una historiadora que descubre el periodismo a través de la ilustración digital


Juan Felipe Morales

Creador de mundos sonoros. Instagram @holyestudio360


Carlos Carlos Andres Soto Vargas

Escritor en obra gris


Los efectos de la pandemia surcan nuestras vidas y en medio de la incertidumbre la música aparece como un respiro de esperanza. La música cataliza las emociones que nos ayudan a afrontar diversas etapas, desde el miedo a lo desconocido hasta la generación de nuevas rutinas, gracias a los aprendizajes obtenidos. El psiquiatra y psicólogo Emilio Mirá y López refiere en su libro “Los 4 gigantes del alma” que una de las formas de pasar de la inhibición miedosa y la inacción en el ser humano, a la acción y superación de retos es la música. Esta realidad pandemica-retadora-confinadora puede ser afrontada desde la emocionalidad, que en muchos casos está encarnada en nuestros artistas favoritos y es a través de sus nuevas canciones o de covers y remakes de canciones creadas en tiempos de confinamiento, que le haremos frente a nuestra nueva realidad. Un compendio musical es lo que nos falta en tiempos de la COVID-19.

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Sardónica

Camila Barajas Salej

Humanista Digital (whatever that means)


Johan Romero

Ni filósofo, ni periodista


Néstor Caro Guevara

Estudiante de doctorado en literatura.


Ricardo Guerrero

Servidor público intentando prescribir cultura y entretenimiento en esunatrampa.com


La cultura del Siglo XXI está caracterizada por la participación; las audiencias dejaron de ser alimentadas por la cultura pop y comenzaron a hacerla por sí mismas. Los memes se han impuesto como una forma de relato y comunicación en la que se transmiten ideas o reflexiones y se comparten formas de pensamiento con otros mediante el humor, como lo sostiene Limor Shifman en su texto Memes in digital Culture (2014). El relato memético se ha convertido en un instrumento de crítica, difusión y control de las opiniones que conjuga la indignación con los discursos políticos y las decisiones de los gobernantes con la burla e ironía como modo de catarsis colectiva.
La indignación y el humor son fenómenos que transitan con facilidad por las redes sociales. El Covid 19 como evento histórico en esta era digital tiene su relato viral humorístico e indignado en las redes. Esta exposición propone un collage audiovisual de la pandemia, reutilizando y resignificando acontecimientos del primer semestre de 2020, todo basado en hechos reales. El eje central son los memes mezclados con otras formas de producción de relato propias de la era digital como hilos de Twitter, publicaciones en Facebook, historias de Instagram, conversaciones de WhatsApp, YouTube) o en plataformas de podcasts (Spotify, iVox, Google Podcasts). Ante la incertidumbre, la desinformación y la radicalización de posturas políticas, el meme es esa risa que nos consuela.

Telepresidiario

Manuela Saldarriaga Hernandez

Pienso.

Desde que en Colombia se decretó un aislamiento preventivo obligatorio a causa de la pandemia, el presidente Iván Duque emite un programa en televisión nacional abierta al mejor estilo de mandatarios latinoamericanos. En su intento por convertirse en un show man cada noche, durante una hora al aire, Duque ofrece un diagnóstico de prevención y seguridad nacional que, sin embargo, demuestra cómo su sistema autoinmune de gobierno ataca su cuerpo de poder. Una historia de un presidente al que el virus convirtió en “telepresidiario” y la ciudadanía en meme.

La escucha de los objetos

 

Libretas, EL libro, Lápiz, Álbum, Gafas, Computador, IPad, el juego, Tierra, Bordado, Satén, Cigarrillo, Tarima, Teatro, Estadio, Universidad
Se dice que los objetos tienen agencia. Fea palabra esa de “agencia”, un invento teórico para decir que personas, animales, territorios, naturaleza, cosas, objetos tienen vida, sentido, política, acción social. Ya desde hace mucho tiempo los estudiosos decían que los objetos tienen vida social. Por ejemplo, Appadurai, un indio que llegó a Nueva York y conquistó el mundo de las teorías culturales, en 1991 publicó “La vida social de las cosas” o “una perspectiva cultural de las mercancías”. Nuestro sabedores ancestrales, desde antes de Appadurai, nos han dicho que todo lo no-humano está conectado con lo que llamamos humanos: nos determinan, nos dicen, nos significan.Los objetos hablan, pero saber qué nos dicen depende de las escuchas. He aquí un especial sobre lo que nos dicen los objetos en tiempos de La Cosa en versión de estudiantes de posgrado de Artes y Humanidades. Estas fueron sus escuchas en julio del 2020 cuando no sabíamos nada.

LIBRETAS

Daniela Mercado Pineda

 

Alguna vez leí que en cada texto existen realmente dos. El primero, el perceptible a los ojos, a lo físico y desde el cual sus letras se pueden leer a través de un soporte (papel o pantalla).  El segundo, el imperceptible o invisible a la lógica de los ojos. La antigüedad ya tenía un nombre para esto: el palimpsesto. Un mismo pergamino podía ser utilizado más de una vez, pues los códices eran borrados mediante lavados o raspados para transcribir un nuevo texto, ocasionando que convivieran en un mismo lugar dos o más escritos. Casi que lo podríamos entender como el primer “remix” literario.

 

Aunque me gusta esta teoría, se me queda corta. Soy coleccionista de libretas pequeñas, de aquellas que caben en la mano o en cualquier bolsillo y de las que preferiblemente no traen sugerencias de líneas. No sé muy bien cuándo empecé a acumularlas, pero llevo siempre alguna con un bolígrafo que marca la próxima página que será escrita. Anoto ideas al azar, a veces solo palabras que en su momento me suenan diferente o convierto en palabras alguna imagen que quiero guardar. Sin embargo, la mayoría de veces reescribo las frases de libros que quiero retener.

 

Como los lectores que subrayan o hacen anotaciones al margen, las libretas en las que escribo serían nuevas lecturas, nuevos textos que además conviven simultáneamente con otros que por casualidad entran en el universo de la libreta que esté usando en el momento. Podría decirse que no soy una coleccionista organizada. Una libreta no corresponde a un solo libro por la única razón de que no suelo leer un libro a la vez ni todos los que leo los termino; tampoco espero a quedarme sin hojas para comprar otra. Mis libretas son el resultado de varios libros al tiempo, citas de ficción, no ficción, palabras sueltas, frases subrayadas una o dos veces, pensamientos de otros y reflexiones mías.

 

Me gusta apropiarme de los libros, no con el fin de tomarme algún crédito, pero sí como un ejercicio de comprensión e interpretación, tanto de las palabras como de la persona que lo escribió. No lo había considerado así antes, pero tal vez llevo años construyendo mis propios palimpsestos.

EL LIBRO

Goldy Levy

El libro, desde la entraña, ha sido ese lugar que siempre me ha gustado habitar. Sí, es un objeto, pero que al abrirlo se habita. Se habita desde esa flexibilidad que le otorga al tiempo, cuando se dobla y estira porque se deshila en letras y se reteje en la mente, donde se caminan paisajes que son reflejo de esta dimensión física (aunque les demos por nombre ficción). No hay nada que exista en un libro que un ser humano no haya sentido o recogido de su mundo. Todo es collage en sus páginas, aunque pretenda en su forma ser lineal.

 

Al libro lo quiero por su permanencia, por ser infinito y a la vez, porque reposa en eterna contención.

Duerme hasta ser nuevamente levantado y solo muta conmigo, cuando cambian estos ojos; y así llega a ser terapeuta de miedos y verdugo de ilusiones.

 

Por siglos mantuvo el trono de ser la caja donde todo conocimiento se guardaba. Y yo, que nací como parte de ese pueblo que se hacen llamar dueños del libro sagrado, tan merecedora me he sentido de su conocimiento como empujada a querer saberlo todo (todo lo sagrado, pero también lo oscuro y prohibido). Y también, a querer tumbar todas esas construcciones que se erigen en mí y saberme separada de todos esos paisajes caminados, para observarlos a distancia de águila con la certeza de que todo trono puede ser derrocado.

 

En el apego al Libro como objeto cultural reconozco tres construcciones sociales que le han otorgado ese valor emocional: Primero, ese trono en el que se le postró por siglos como eje y centro del saber humano, acompañado de esa noción que para entender el mundo hay que leerlo. Segundo, por esa condición privilegiada que se le ha dado, nace esa percepción errada que todo aquel que es parte de la Historia ha sido parte de un libro o lo ha escrito (y esa necesidad de ser parte de algo más grande que yo, siempre ha querido ser llenada en páginas y tomos). Tercero, crecer en la comunidad judía ha instaurado en mí algunos valores que rescato (y otros que lucho por deconstruir); en particular la apropiación del Libro como un objeto sagrado que sirve de brújula, de juez, de emancipación y, a ratos, de escape.

 

Entiendo mi apego a la figura e idea del Libro por su posicionamiento, históricamente, como eje del conocimiento (sin ignorar su clasismo), pero también como sitio de lo mágico y surreal, como ese primer medio comunicativo que rompió lo efímero de la naturaleza y desde entonces, captura retazos de consciencia.

EL LÁPIZ

Ana María Garcés E.

 

Un buen objeto es el lápiz, el lápiz básico con el que aprendí a escribir. El lápiz convencional, el que necesita de un sacapuntas para funcionar apropiadamente.

 

El lazo emocional que tengo con el lápiz es especial porque con este se le enseña a escribir a los niños y niñas en el colegio. Por tanto, es la herramienta con la que se aprenden capacidades nuevas y con la que se explora la creatividad. Pensaba que el lápiz es también el objeto que permite el concepto estético de mímesis cuando los infantes aprenden a tomar el lápiz y a hacer grafías,  sus madres, padres, hermanos, mascotas, casas, amigos y ellos mismos. El elemento contundente de todo ese proceso es el momento en que el niño o la niña le muestra su dibujo a su mamá y le dice: “mami, esta eres tú”.

 

El lápiz me ha sido muy útil a lo largo de mi vida porque escribir a mano es una estrategia que permite borrar, tachar, garabatear. Una psicóloga una vez me dijo que estaba comprobado que el hecho de tachar una tarea que ya se había realizado, es una suerte de checklist, un acto satisfactorio para el cerebro. No sé si en efecto esto esté científicamente comprobado, pero en mí genera esa sensación.

 

La escritura a mano refleja emociones que se pueden ver fácilmente: una escritura enojada, ajetreada, calma y, en fin, la caligrafía puede decir aspectos sobre la personalidad de quien escribe. Justamente por esa razón, creo que la nueva tecnología de lápices, como el Applepencil, no suple las mismas necesidades que un lápiz convencional. El lápiz de grafito es el primer acercamiento que tenemos como seres humanos para expresar sentimientos, creatividad, vida en un lenguaje.

EL ÁLBUM

Ricardo Guerrero García-Herreros

 

Hasta agosto de 2019, los fanáticos de Tool, gigantes del metal alternativo norteamericano y una de las grandes marcas del rock en las últimas décadas, esperamos trece años por su regreso. Pero ya llevaban un tiempo activos en redes y en escenarios, entonces me refiero a su regreso discográfico. Aunque el disco perdió relevancia con la llegada de Internet y la posibilidad de consumir digitalmente las canciones de tu gusto, para una banda y unos seguidores hechos en el Siglo XX, un regreso es comprensible a través de un álbum. Fear Inoculum fue titulado, un monstruo de setenta y nueve minutos que por cierto destronó del primer puesto de las listas de popularidad a la joven Taylor Swift, quien también estrenaba su entonces nueva colección de temas.

 

Hace un tiempo, el músico y creador de contenidos digitales Adam Neely, explicó en un video como estamos marcados por la música que conocimos en la adolescencia, como creamos un vínculo con esos sonidos similar al que creamos con algunas drogas y sustancias. Estoy convencido que eso sucedió conmigo, pero no solo con las diferentes presentaciones del rock que eran la moneda corriente en los años 90, sino con el álbum. Debí haber escuchado muchos álbumes en esa primera etapa porque es la forma como me relaciono con la música, en mi hogar.

 

Muchos álbumes me han obsesionado, claro, The Man Who Sold The World de Bowie, el II de Meat Puppets, el Casa Babylon de Mano Negra, el Rated R de Queens Of The Stone Age, o la La Revancha del Burro de Systema Solar, por nombrar representantes de cada una de las últimas 4 décadas, así como tantas otras obras (que llamaban “maestras”) con las que algunos artistas lograron capturar a la audiencia con un combo completo de canciones y no con uno o dos éxitos. Pero para mí no se ha tratado de una eventualidad sino de una habilidad desarrollada con el tiempo, pues no importa cuanto dure una canción ni un lmente, cuando loscuando la hayas escuchado muchas veces, arrollada.e Age, es ibilidad de consumir digitalmente las canciones deálbum, cuando los hayas escuchado muchas veces, cantar Dark Side Of The Moon es tan sencillo como cantar Malamente.

 

Claro, un álbum te habla de muchas más cosas que una canción, empezando por la capacidad de los músicos (o productores) que los crean, para ofrecerte muchos trucos que hilados conforman un show. Así, podría decirse que la canción es al álbum lo que el álbum es a la discografía, pero bueno, el real sentido de todo esto no ha estado en enamorarme cada vez más de los álbumes de siempre, sino de romper el hechizo y de poderme enamorar de nuevos artistas y de nuevos géneros y estilos, usando el álbum como vehículo.

 

Ayer recibí por correo mi copia física (en CD) de Fear Inoculum y hoy, reproduje sus 79 minutos a alto volumen mientras trabajaba. Mientras suena, recuerdo tantas tonterías que he escrito en nombre de los álbumes, mientras me sigo fascinando por ese gran show mágico.

LAS GAFAS

Johan Romero

Es una relación necesaria la que tengo con mis gafas. No en sentido absoluto porque para poder ver el mundo podría tener lentes de contacto o pasar por el quirófano de un médico. Tampoco porque no pueda ver sin ellas. Es necesaria porque es el objeto que decidí que media mi relación visual con el mundo.

 

Sé que los lentes de contacto y las operaciones tienen ventajas como que la porción de mundo a la que tengo acceso de manera plena no se limita al mundo que alcanzan a cubrir los lentes. Sé también lo molestas que son las gafas cuando llueve o me quedo dormido viendo una película o tengo que ponerme un casco de moto o, ahora con la pandemia, cuando me pongo un tapabocas para salir a la calle y se me empañan con el aliento. Aún así, cada que tengo que cambiar la fórmula de las gafas y vuelvo a la discusión sobre cuál debería ser el camino para tener acceso visual no difuminado al mundo me topo con las gafas.

 

Desde hace años, guardo las gafas que por cuenta de la progresión de la miopía y el astigmatismo me resultan obsoletas. A veces, cuando estoy organizando todas las cosas que guardo, pero no utilizo, me las pongo para darme cuenta de lo poco que veo ahora. Me preguntó por qué elegí el marco que elegí en ese momento. Me doy cuenta de que por más horas que dedicara a buscar uno ajustado a mi gusto, mi gusto era el de la tendencia. Sin embargo, también noto un patrón en los marcos (materiales, colores, formas).

 

Por lo general, tengo a la mano al menos un paño especial para limpiarlas y siempre tengo uno que es el que utilizó para mis gafas y otro(s) para prestar en caso de que alguien necesite limpiar las suyas. Soy obsesivo con que el lente esté pulcro, no tolero una pequeña suciedad o un pequeño rayón. Que se me rayen los lentes me genera una molestia enorme.

 

Son un accesorio necesario con el que me siento cómodo. Reflejan una cierta vanidad en tanto me tomo el tiempo que sea necesario para elegirlas, un cierto conservadurismo por sus colores y formas, mi obstinación por tomar una decisión e ir con ella hasta el final (por eso nunca he tenido más de unas gafas con la misma fórmula, ni he reutilizado marcos viejos con fórmulas nuevas).

 

Creo que ya no me recuerdo sin gafas, ni me pienso sin ellas.

EL COMPUTADOR

María Paula Martínez

 

Me acuerdo cuando mi papá lo trajo a casa. Era una caja enorme con un monitor “pantalla gorda”, un teclado, un mouse, dos parlantes, una caja con muchos huecos, cables. Era un Compaq.

 

Ese computador llegó a mi casa cuando yo tenía 10 años y no me he despegado de uno desde entonces. Pasé horas detrás de mi papá viendo lo que hacía, la forma como tecleaba y movía la flecha en la pantalla. Pedí turnos y me fui ganando de a poco el espacio al frente. Me acuerdo de Windows 1.1.

 

Tengo 34 años y desde los 10 he estado usando uno. Mirando, buscando, navegando. En la universidad otra vez hacía fila y tomaba turnos para usarlo. Cuando se acababa el tiempo yo hacía de nuevo la fila para otro. También lo hice en locutorios, bibliotecas, cafés internet. Diez años después de nuestro primer encuentro, tuve mi primer portátil. Todo lo de la caja que había traído mi papá en el 96 ahora era un solo objeto y cabía en mi bolso.

 

Son pocas las veces que salgo de mi casa sin él. Me acuerdo estar en la pantalla navegando/trabajado/buscando con la sensación del rectángulo en mis piernas en aviones, en salas de espera de consultorios médicos, en reuniones familiares, en la playa, al borde de una piscina, de camping; me acuerdo estar amamantando frente al computador muchas noches. Lo llevé también a la selva amazónica metido en bolsas plásticas.

 

Mi favorito fue un Mac todo negro que encendía la manzana blanca y que compré en 2007. Vivía pegada. En ese momento los celulares servían solo para llamar y la ventana al mundo era el computador. Ahora quiero uno que tiene touch bar, pantalla grande y poco peso, pero valen más que lo me ganó en un mes.

 

Mi espalda ya está habituada a que voy con una siempre. Si no lo llevo en mi maleta se siente una ligereza extraña. Cuando usé pañalera el compu tuvo su lugar, paseó en la parte de abajo del cochecito para cuando la vida me daba chance de tener minutos para navegar.

 

Recuerdo el día que perdí uno en un baño de un aeropuerto. También cuando me robaron otros dos mientras trabajaba. Las 3 veces, lo reemplacé de inmediato. No sé cuándo he estado “sin computador”, seguro son muy pocos días en mis últimos 24 años.

IPAD-LIBRETA

Javier Jara

Dudaba mucho sobre la idea de adquirir un artefacto como el IPad, porque me disgusta la idea de comprar un objeto que no es una cosa o la otra (No es un computador, no es un libro, no es un celular, no es una libreta), pero al final me enamoré.

 

Decidí comprarlo en 2019 (9 años después del lanzamiento de la primera generación) en medio de una crisis existencial.  Tal vez por eso, o tal vez por el aparato, generé vínculos impresionantes con el IPad. Se convirtió en mucho más que un objeto, se volvió el punto en el que se cruzan todos mis otros dispositivos, junto con mis ideas. No es una libreta, pero puedo dibujar y construir un archivo de composiciones para ser usadas como recurso en otros dispositivos como el computador. No es un computador, pero está fuertemente conectado por las interfaces como la Suite de adobe: Draw (Vectores y dibujo), Photoshop (Edición de foto), Fresco (Pintura), XD (Prototipado de interfaces), Aero (Realidad aumentada). No es un celular, pero siempre estoy en una conversación íntima y profunda, en un acto reflexivo como lo es dibujar (o diseñar). No es una libreta, pero puedo leer, escribir y bocetar. El ipad es en sí mismo una interfaz, un sistema, en el que ese es el aparato con el que todos los otros quieren hacer simbiosis.

 

Los vínculos emocionales que tengo con mi libreta de dibujo son variados y se han transformado con el pasar de los años, especialmente porque el espacio que era mi libreta de dibujo parece estar siendo transformado por otro objeto, el IPad. Estos dos objetos, conviven en un entorno mutualista, pues construyen una conversación entre dos universos aparentemente disímiles. Organizar mis composiciones, recortes de textos de revistas, collage, así como otras herramientas que uso en mi libreta para asimilar la realidad en la que vivimos se ha visto renovada. Pongo en conversación estos dos objetos, porque se complementan, la belleza de la producción análoga se ve transformada cuando se lleva a cabo el proceso de digitalización de cada composición, a veces mejora, a veces empeora, pero se transforma en algo más, puede ser un remix digital-análogo, o reinterpretando bocetos.

 

Siento un amor particular por la sinergia que hacen mi libreta y mi IPad. Mi relación con estos dos objetos es absolutamente íntima (a pesar que nada es privado), pues son los artefactos con los que me acuesto a dormir, con los que leo e interpreto la realidad, narro realidades, ideas, conceptos, experiencias.

EL JUEGO

Néstor Gustavo Caro Guevara

La primera persona que me habló de J. R. R. Tolkien fue un profesor de la época del colegio que aún conservo como amigo personal. La literatura que se basa en extensas mitologías nunca ha sido de mis preferencias; sin embargo, cuando se llevó al cine la primera película de El señor de los anillos, en 2001, fui a verla y me cautivó, al punto de que no esperé un año para que se estrenara la segunda parte. Me compré los libros de la trilogía completa: La comunidad del anillo, Las dos torres y El retorno del rey, novelas que devoré en pocos días gracias al derecho al ocio que ostentaba y defendía en ese momento. Años más tarde, ya como padre de una niña, y en su compañía, conocí la Librería Francesa, ubicada al norte de Bogotá. Debo aclarar que ya había pasado el momento efervescente de Tolkien. Observé en la estantería, al fondo, un juego de mesa basado en las batallas épicas de La Tierra Media: La guerra del anillo, de DEVIR, y, de manera irreflexiva, dejé a mi hija sola mientras ella ojeaba algunos comics, para buscar a uno de los vendedores y preguntarle por el valor del juego. Puedo jurar que hice cuentas mentales y, con disimulo, me esculqué los bolsillos para ver si alcanzaba a completar la suma de dinero mencionada. Por supuesto, no tenía lo suficiente. De haberlo tenido, seguro que hubiera sacrificado lo “importante” por llevármelo enseguida.

 

A la semana volví a la librería (miento, fue a los dos días, pero no estaba abierto) y salí con el juego, triunfante, como Sméagol cuando por fin tuvo de nuevo en sus manos, después de cientos de años, el Anillo Único. Hice un servicio en el Daewoo Racer que conducía en esa época, solo porque los pasajeros iban para un lugar cerca de mi residencia. Ya en casa, saludé a quienes me esperaban. No quise comer. Me ubiqué frente al comedor y desplegué el tablero de La guerra del anillo, no sin antes limpiar la mesa, claro. Rompí las bolsas plásticas que contenían a los diferentes ejércitos. Observé las figuras de Gandalf, Frodo, Samsagaz, Aragorn y Légolas y procedí a explicarle a mi esposa por qué había regresado tan pronto. Me sentía un poco enfermo, le dije.

 

Ahora que lo observo, la imagen que aparece en la parte superior del juego: dragones, caballos, guerreros ¿medievales?, es muy llamativa. Los colores de los gráficos son un poco crepusculares y proyectan, de alguna manera, una sensación de agotamiento. Al fondo se ve un pedazo de cielo azul, despejado, que anuncia mejores posibilidades. Cuando extraigo las figuras recuerdo, inclusive, cómo estaba vestido el día que suspendí el trabajo en el taxi y llegué a explorar el contenido de la caja. Nunca lo he jugado. Los ejércitos siguen intactos; los tableros también. En todo caso, creo que el juego representa un vínculo de tres etapas importantes vividas. La primera, cuando me enganché con la mitología de Tolkien, en un momento en el que terminaba el bachillerato y, aparte de los compromisos académicos, todo el tiempo era mío; la segunda, cuando creí haber olvidado al autor de La tierra media y lo redescubro —y me descubro— acompañado de mi hija, pero con la posibilidad de llevármelo a casa. Finalmente, este momento en el que observo el juego olvidado en el mueble de la biblioteca de mi oficina —ha resistido mudanzas— y logro entender lo que simboliza y por qué lo conservo.

TIERRA

Camila Soto

Echo de menos la tierra, su color pintando mis manos, los posibles universos que me permite revivir. Me uní a ella cuando menos lo esperaba, uno de esos días en que tienes un sin número de pensamientos, preocupaciones, la palabra es afán, afán por definir o encontrar un centro, un lenguaje que te permita concentrar tu fuerza creadora solo en una cosa. En ultimas, consejos de las escuelas de arte para ayudarte a que no estés picando aquí o allá, muy válido. Ahora que regreso a ese tiempo, intuyo que es la repuesta a un llamado de auxilio, desde esa comodidad en la que te encuentras, cuando solo haces los quehaceres solicitados por tu mentor, de manera autómata.

 

En esa búsqueda pasas por varios estados de incomodidad, al principio volcándote por horas en pro de un solo fin, aprender a despertar unas formas dormidas en la tierra, es mi caso pues elegí la arcilla. En un segundo momento conexión pura con esos trozos de tierra de manera más entrañable, la mente empieza a maquinar mil formas, tratas de materializarlas, no es fácil, pero de algún modo, lo logras. Sigues renovando fuerzas y te hallas en el modo repeat. Siguiente momento llegan esas voces externas, empiezas a exhibir, vuelves a la academia, inicia recordándote que debes salir de esa zona de confort siempre que la encuentres, intentas hacerlo, transformas tu plástica, pero al final vuelves a una bahía sin salida, donde esos jueces externos no te desamparan y paras, abandonas la libertad de modelar, olvidas el ímpetu buscador, que te invitaba a escarbar sin reparos.

 

De nuevo buscando el camino de retorno a ese vínculo con la tierra, con la arcilla, que le dio inicio a todo. El aprender es eternal, aún no estoy saciada, pero si me siento saturada de los mil y uno árbitros mentales, que habitan mi cabeza. Extraño la arcilla.

BORDADO

Camila Barajas Salej

En algún momento cuando más necesité paciencia, soltar lo que no podía controlar, o dejar de intentar controlarlo todo, comencé a bordar. Al principio me gustaba el silencio y la concentración que implicaba, era casi como meditar. Cada puntada implicaba una conexión con una emoción y un plan cuyo resultado no podía predecir. Me impactaron las dimensiones que podía tomar una ilustración además de las posibilidades de variación de las puntadas y el color. Pero definitivamente lo que me enganchó fue el poder producir algo que podía tocar por fuera de una pantalla digital, algo además, que no era inmediato.

 

Todos los bordados pueden verse y tocarse desde dos perspectivas: la externa (en la que está el dibujo) y la interna (que visualiza la ‘‘relación’’ que hay entre cada elemento, dibujo, hilo o puntada y que muchos relacionan con una constelación). Tomo ilustraciones de otros, las transformo en hilo y las resignifico según el proceso de introspección que busque en su momento. Bordo historias o mensajes que no me

canso de repetir y compartir, el bordarlos los hace sentir duraderos.

 

Más adelante, justo cuando me acostumbré a apartar espacios de soledad para bordar, conocí a una amiga que también bordaba. Así comencé a asistir a encuentros de bordado, en los que aprendí a relacionarme con otros, habitualmente mujeres, que recién conocía y en los que rápidamente encontré respeto, apoyo y admiración mutua.

 

Bordar dejó de ser un espacio de reflexión personal y pasó a ser una experiencia de  escucha, observación y conversación.

SATÉN

Manuela Saldarriaga

 

El primero fue un muñeco. Era amarillo neón, azul y rosado. Tenía la combinación retro de los años 90 que resaltaba vistosamente en maxi jerseys, negros o blancos, de mujeres que se andaban con bambas altas. Alguien había confeccionado ese muñeco dando con sus manos forma a la insana obsesión de poliéster, nylon y seda que hasta hoy me acompaña. Habían pasado tres meses desde que la placenta y el útero rompieron, justo en el mismo momento en que empezó a subir la leche a las mamas de mi madre, para que luego yo me la bajara, pero poco a poco me mantuvieron a raya la lactancia y cortaron de súbito con ella. El muñeco de amarillo neón, azul y rosado se convirtió en la referencia táctil más próxima a la fuente de alimento. Era de satén.

 

Todos los surcos de la superficie de mis dedos repasaron una y otra vez esa urdimbre que a mis sentidos se parecía más a las nubes, al merengue del éter, al aire si pudiera tocarse, que a un cuerpo humano. Pronto se dieron cuenta de que podía adquirir un comportamiento autista. Pasaba la cara suavemente sobre el muñeco, de arriba hacia abajo, y hacía varios paneos, como de un no incesante, repasando los labios sobre la tela, y sobre ese objeto de hilos dispuestos longitudinalmente, muchos, muchísimos, en un objeto que provocaría esa nueva suavidad desconocida antes en el vientre.

 

El muñeco desapareció sin más. Y sin más lo reemplacé. Primero eché mano de los ribetes de las cobijas, todos en satén, y las quemaron. Luego, con siete años, encontré la inmediata solución con las marquillas de la ropa. Minuciosamente fui hurtando las prendas de lencería o batas en cada armario y, en cada evento, una primera comunión o sucedáneo, escondí las manos bajo una mesa con mantel satinado para disimular el tedio.

 

El objeto transicional, el satén, estaba supliendo una función de madre ausente. Estaba sustituyendo el velo entre la realidad y mi cuerpo y mi hermana, mientras tanto, aprendió a manejar una máquina de coser. Cuando supo cómo, confeccionó una franja de color blanco, en satén, que siempre sobresalió por opaca, o sea por el uso. Cuando se perdió, la pérdida se convirtió en un acontecimiento porque descubrí, por ejemplo, que me servía el forro de las prendas de paño o sus bolsillos internos.

 

Lo más maculado para el suplemento mamario de satén fue el negro. El color omitía el exceso de uso y pasaba por cualquier harapo cuando encima, prenda sobre prenda, me acompañaba a todas partes e incluso mutaba, porque con este y de una vez, acumulé varios repuestos de la misma franja para pérdidas frecuentes en el transporte público o en un viaje de mochila y carretera.

 

El satén negro lucía más inofensivo, como parecía al principio el vicio, pero no podía ocultar los embargos a tiendas de telas en las que, alguna vez, un empleado me gritaba que dejara de “rociar” la estantería del algodón donde había metros y metros lisos buscando el vuelo de la seda, el brillo atrapado entre las fibras. –¿Necesita algo en especial? –gritó acercándose precipitadamente–. Buscaba algo calado, decía yo.

 

Esta tela se seca en seco. Yo no la acaricio con las manos húmedas. Y si me encuentro una habitación con ropa de cama satinada, tengo una suerte de delirio. Quiero arrojarme sobre ella como a un charco o como al césped o como un niño cuando hace estrellas con las manos y las piernas descuidando la temperatura de la nieve. El satén es donde metamorfoseo a mi madre y donde la metaforizo, pero también contengo con la tela el gesto espontáneo del gusano y de las plantas herbáceas que crecen en la tierra.

EL CIGARRILLO

Camila Preciado

“Sí, pero con una condición, tu papá no se puede enterar.”

 

Y así fue mi infancia. Mi mamá siempre permisiva mientras para mi papá los permisos eran motivo de pelea. Mis hermanos (que en verdad son medio hermanos, pero el concepto de “medio” me parece ridículo) son fumadores pesados. Entre el cuarto de mi hermano Alejandro y el mío una sola pared de madera, y mi ropa siempre olió a humo, lo cual nunca me molestaba y era parte de mi aroma natural. Mi mamá también normalizaba el tema. Cuando caían cenizas del Marlboro rojo al piso decía que esto “nutría la alfombra” y se reía.

 

Mi papá siempre me recordaba que esto era un vicio mortal, pero para mí era una forma interesante de compañía y entretenimiento. Entendía que esto tenía repercusiones para la salud, pero me hice la ciega ante esta realidad hasta que un día en la pequeña caja blanca con rojo imprimieron en letras enormes: “FUMAR MATA.” Este se volvió un recordatorio importante de la nocividad pues también están los típicos: “¿Fumas? ¡Qué asco!.”

 

Cuando cumplí 15 mi hermano me dejó probar este objeto largo y flaco el cual él encendía a diario. Y puff… tosiendo incontrolablemente le dije que me encantó lo cual no era tan verdad en el momento. Los cigarrillos han estado presentes en mi vida casi como una extensión de mi cuerpo, y si no fuera porque me tocaba esconder esta parte de mi a mi papá, seguramente tendría un problema de salud más grave que la tosecita que me da de vez en cuando (que igualmente es un asco, imagínate una cita en la que interrumpes a el tipo con una flema.) Pero al contrario de la gente, los cigarrillos no te defraudan, y siempre están ahí. Estuvieron ahí cuando estaba ansiosa, brava, triste y estresada. Y estuvieron ahí en las todas las ocasiones sociales, como una manera de conocer personas con las que compartes esta inmoralidad, especialmente si hay alcohol en la ecuación. Los cigarrillos han estado ahí en cada fiesta, bar, matrimonio, relación, vacación, viaje- y constantes.

 

Para mí, dejar de fumar siempre fue una idea ridícula. Mis hermanos trataban y era como una mala dieta en la que dejas de comer pan una semana para comerte 5 baguettes completos el domingo. No existía el dejar el cigarrillo, era más bien como tomarse un break. Claro, fumar mata, pero lo que nadie te dice es que dejar de fumar también. Alguna vez me dijeron que dejar de fumar era como acabar una relación larga, lo cual me pareció ridículo hasta intentarlo. Y resulta que sí, esta relación toxica, que literalmente me envenena, resultó difícil de terminar, pero los recuerdos que deja son gigantes, casi del tamaño del texto de la caja: FUMAR MATA.

LA UNIVERSIDAD

Carlos Andrés Soto Vargas

“¿Qué es la universidad? Es decir: Si ahora mismo llega un extraterrestre y nos pregunta ¿Qué es la universidad… qué le podemos decir?” Así nos recibió un profesor de primer semestre, en su primera clase.

 

Yo pensaba en lo que conocía de la universidad: de niño, fui a un concierto en el auditorio de la universidad y conocí la música de Пётр Ильич Чайковский (Tchaikovsky, para los amigos) viviendo algo similar al amor a primera vista o, en este caso, a primera nota (y también me conquistó el alfabeto cirílico y el idioma ruso, pero esa es otra historia). Después de ello, otros conciertos más y cuando terminé mi secundaria me informaron que la ceremonia de graduación sería allí mismo, en el auditorio que yo conocía por su música.

 

Me había presentado a esa universidad y pasé su selectivo examen (v.g. para psicología fuimos admitidos 32 de los 3.500 que nos presentamos ese semestre). Una ironía de lo que se llama público.

 

Al momento de mi primera clase, no sabía casi nada más de la universidad. Con el tiempo encontré gente casi tan marginal como yo (que venía de un colegio de 7.000 estudiantes sin tener realmente ningún amigo), con gustos e historias similares. Allí observaba aves (y algunos otros animales, pero mis favoritas eran las aves) caminaba por campus de 1’213.500 m2, me refugiaba en su enorme biblioteca y, claro, compartía con gente que sí pude llamar amiga. Allí conocí a mi actual esposa, vi y practiqué diversos deportes, vi exposiciones de pintura, asistí a cuentería, condicioné mi rata de laboratorio, conocí unos caimanes, vi revueltas políticas, discutí, dediqué muchas horas a los videojuegos, perdí dinero, amé, sufrí, reí y, ocasionalmente, estudié…

 

Me gradué, y nuevamente ingresé al auditorio pero ahora por mi diploma de psicólogo. Entonces recordé esa primera clase, donde concluíamos que la universidad es la suma de imaginarios culturales, sociales y económicos, su planta física, pero principalmente las relaciones entre todos estos elementos, y dichas relaciones se podían resumir en emociones.

 

Ese es mi lugar más querido: Mi siempre presente Universidad Nacional de Colombia, universidad pública y de calidad, a la que le debo tanto que jamás lograré saldar esa deuda que es, en gran medida, simbólica, pero tan real como la universidad misma.

TARIMAS

Juan Felipe Morales

El espacio análogo con el que he tenido una enmarcada relación afectiva son las tarimas, escenarios, y hasta las salas de ensayo. Como músico compositor las relaciones con el mundo sonoro son diferentes. La virtualidad, la introspección, la investigación se mueven en un mundo de solitud, pero la interpretación, el ensayo, el error, la improvisación, son cosas que no se dan en este distanciamiento social. Por lo tanto, con mis hermanos, que son los otros integrantes de este proyecto de rock, decidimos darle un enfoque diferente a las transmisiones en vivo que han empezado a abundar, al menos en Bogotá.

 

Los directos son transmisiones en vivo donde hay normalmente varias cámaras que enfocan a uno u otro músico, y donde la pericia del director de cámaras es fundamental para que enfoque al músico que está ejecutando la parte más “solística” de la canción. Sin embargo, no siento que esta plataforma acerque, de una forma interactiva o multimedial, a su fanaticada o su nuevo público.

 

La propuesta que hemos venido desarrollando con mis hermanos, quienes antes tenían un bar de Karaoke que quedó en bancarrota por la crisis sanitaria, es que el oyente pueda disfrutar de una plataforma en 360º con la banda que sigue o quiera apoyar. Este sistema, de concierto en directo, ha sido utilizado por agrupaciones del festival Coachella y por la banda británica Coldplay. Lo único que seguía manteniendo dicha brecha tecnológica, es que los servidores de dichas emisiones eran privados, con un pago de ticket virtual, y con configuraciones hechas para las marcas patrocinadoras, como fue el caso de Samsung con Coldplay.

 

Pero otro es el caso que se inauguró en el entorno de la pandemia. La agrupación sueca Pain lanzó el primer directo en el mundo en 360º en una plataforma como youtube, que desde el 2017 permite la carga de videos equirectangulares que, con los visores adecuados, pueden transformar esta imagen en un entorno de realidad virtual, o al menos, en una pantalla de ordenador, permite mirar 360º del escenario.

 

El proyecto que decidimos impulsar, en vista de la quiebra del bar y de las relaciones melancólicas, emotivas y afectuosas con las tarimas y escenarios, fue el primer directo en toda América a través de una marca, apenas creada: Holy Estudio 360º. Queremos hacer entendible este formato a todas las agrupaciones bogotanas para que lleguen a sus públicos otra vez, o formen nuevos a partir del sharing.

EL TEATRO

Stefania López Pachón

 

El Teatro Alejandrinsky, llamado “Alexandrinka” por los peterburguenses, es una obra neoclásica construida por Carlo Rossi en 1832. Se alza sobre la ciudad de San Pedro como un monstro de estuco amarillo que recuerda la “gloriosa” era zarista y que evoca los sentimientos de actualización de un pueblo inmerso en el despotismo burgués. Su construcción marcó un hito en la concepción de teatro en Rusia. Cada visitante debía preocuparse por entender cada aspecto del teatro, desde la manifestación espacial hasta la contención de la acción y la representación del drama para alcanzar la excelencia moral y cultural rusa, por supuesto. Para Rossi, esta adaptación kak ruskiy fue un gran esfuerzo, puesto que debió cambiar las proporciones canónicas del estilo Clásico para que la estructura se mantuviera en pie aún con el largo invierno o los vientos helados del norte.

 

Si Rossi no hubiese reorganizado las dos plazas adyacentes al Alexandrinka, la Ostrovskogo y la Lomonosov, este teatro no hubiese tenido la relevancia que tanto necesitaba en esos momentos. Entender que a comienzos del siglo XIX era Rusia contra Francia, es fundamental. Se formaron tendencias e ideologías tan homogéneas que basta con decir en voz alta “Napoleón” en frente de la iglesia de Kazan, para que el fantasma de Kutusov aprete con más fuerza las llaves de París. Así que la creación de un teatro lo más ruso posible, en donde la dramaturgia rusa se tornó una de las expresiones culturales más relevantes no fue cualquier cosa.

 

En cambio, para mí, el Alexandrinka fue durante mucho tiempo una representación de lo extremistas que son los rusos en todo. Cada vez que lo veía desde el bus o cuando pasaba caminando por el lado de este, se me arrugaba el corazón de pensar en la desventurada e injusta vida de su creador. Está escrito. Está escrito todo lo que peleó Rossi durante y después de la construcción del Alexandrinka. Son miles los documentos de audiencias ante los emperadores Alejandro I y Nicolás I, pidiendo mejores materiales, más constructores o un rápido desembolso del dinero para que se finiquitara el teatro a tiempo.

 

¿Qué ganó Rossi a cambio? Uno de los palcos que están al lado del palco imperial. Pero le tocó venderlo para poder pagar el arriendo en la pocilga donde vivía junto con sus hijas y esposa que, igual lo abandonaron, tras empeorar su salud. Fue despedido por Nicolás I y murió en la soledad y miseria. Estudié, visité, toqué y fotografié el Alexandrinka. Y encontré la belleza en el arduo trabajo y la admiración a la entrega total al arte.

EL ESTADIO

Sarah Castro Lizarazo

 

Muchos vienen a tirar cenizas de sus familiares, disimuladamente, los días de semana. “Algo de las almas debe quedar acá», le contó un vigilante de la Bombonera a la periodista Marina Zucchi en un reportaje para Clarín. No me cuesta imaginar a los muertos regresando a ese lugar en donde fueron felices y al que los vivos acuden cada semana persiguiendo el mismo objetivo. Los estadios son ese gran escenario de la experiencia colectiva social que deja marcas particulares en la memoria. Hablamos de familia, ritos, política y mercado.

 

Ni los estadios son catedrales, ni el fútbol es una religión, pero mi relación con los estadios es sagrada. El primero fue El Campín y luego perdí la cuenta. San Juan en Argentina, pasando por Temuco, Santiago, Río, Manaos, Maracaibo, Ciudad de México, Houston, Phoenix y Chicago… Londres, Madrid, Murcia, París, Milán, Múnich, Kazán, Moscú, Yokohama y Seúl. Durante años, ese no solo ha sido mi trabajo sino mi manera de conocer, sentir y contar el mundo, de resistir.

 

Ser hincha es una de las más potentes expresiones de identidad social. Una decisión que viaja de generación en generación como parte de los rasgos genéticos y que en el estadio se transforma en una expresión de comunidad. En la tribuna somos iguales, compartimos convicciones y hasta una manera de ver la vida (no es lo mismo ser de Santa Fe que de Millonarios, de Boca que de River, del Madrid que del Barça). Una elección. El ritual, sin embargo, es mucho más: el escudo en el pecho, la caminata al estadio, la hinchada rival…

 

Por supuesto que la globalización, la TV satelital y las redes sociales marcan las elecciones en el presente. Un niño en Barranquilla sabe perfectamente quien es Messi y la alineación de la Juventus de Cuadrado, pero nada se compara con la experiencia del fútbol desde la tribuna (sorry IA). “El fútbol se juega para la televisión y los hinchas son la mejor escenografía posible. Esto es así desde hace mucho tiempo, pero el hecho de que ahora no estén realza mucho su papel”, dijo Martín Caparrós semanas atrás en una entrevista. El hincha es el corazón del sistema fútbol porque pone la pasión y la plata.

 

Aunque ahora parezcan centros comerciales (o en el caso del nuevo Bernabéu un no sé qué) y los jeques reinen en los palcos VIP, muchos estadios guardan la memoria de sus pueblos. La dictadura en Chile, el narcotráfico en Colombia, el poder de Margaret Thatcher en Inglaterra, la revolución en Egipto… la Historia. El estadio (antes de la era digital y del show FIFA) nunca fue catedral, fue más bien barricada política y social. «Orgullosos de no ser como vosotros», decía un tifo de los hinchas Atlético en la semifinal del 2017 frente al Madrid cuando aún vivía el Calderón.

 

Una elección. La libertad de decidir –también- lo que no queremos ser.