En esta época de globalización y evolución tecnológica y en este país de necesidades presentes urgentes, ¿por qué estudiar el pasado grecorromano y medieval en todas sus manifestaciones intelectuales (filosofía, literatura, historia, arte, etc.)? Una respuesta común y casi evidente señala que este acervo contiene las raíces de la civilización Occidental a la que Colombia pertenece en virtud de su historia colonial. Es lícito, pues, decir que ese patrimonio clásico forma parte de nuestra cultura y se debe conocer.

Ese linaje puede, por ejemplo, constatarse si se examina con detenimiento la naturaleza de nuestra lengua española. Esta se deriva directamente del latín, tanto que podría decirse, como dijo Wislawa Szymborska, que el español es un “latín bellamente estropeado”. Miles de palabras latinas se trasladan al léxico del español. 

Los prefijos y sufijos de nuestro vocabulario son mutaciones y repeticiones de sufijos y prefijos latinos, muchos de los cuales aún conservan su significado. Los lazos de familia se intensifican si se considera la similitud sintáctica de ambas lenguas: hemos heredado, por ejemplo, la manera de elaborar construcciones perifrásticas y absolutas y los casos de los pronombres personales. En cuanto a la literatura, es indudable que la española está basada en los modelos de la tradición textual latina. Los géneros que han cultivado (y cultivan) nuestros escritores se inspiran en los géneros creados en la Antigüedad, así en como los tropos, la estructura, la presentación de los personajes, etc.

También el griego antiguo, como una bola de billar que empuja a otra, nos alcanza por su influjo sobre el latín clásico o eclesial. Palabras como ángel, pentecostés, evangelio y cadera ya habían sido pronunciadas —con pequeñas variaciones— miles de años atrás en las costas griegas. Casi siempre que nace un objeto se le bautiza con ayuda de las piezas semánticas del griego antiguo. Así es como han nacido palabras como teléfono, teleférico, fonógrafo, etc.

Ahora bien, ¿esto significa que el pasado grecorromano y medieval va a desparecer si nosotros no lo estudiamos? Cada vez más los currículos escolares y las instituciones universitarias eliminan los espacios donde lo clásico puede sembrarse y crecer. ¿Todo se perderá en el vacío si se le ignora y se le desdeña, si se le ataca y se le censura? De ninguna manera. Esta paradoja es una de las potencias de la cultura clásica. A pesar de que se le cubra con un manto de silencio, ella se afirma con firmeza en el paisaje cultural de la civilización occidental. ¿Cuáles son los valores de los que esta civilización más se precia sino creaciones de los autores clásicos?

Tomemos como ejemplo la democracia y las instituciones políticas que conforman nuestro país. Aquellos órganos de representación política donde los ciudadanos comunes tienen la oportunidad de participar en la toma de decisiones del país —asambleas, el senado— son productos derivados de un experimento en organización social ocurrido en el siglo VII a.C. en Atenas o en la república romana del siglo VI a.C. En cuanto a los centros sociales más representativos, a donde se dirija la mirada veremos la marca de la Antigüedad clásica. El teatro, entendido no como entretenimiento sino como escenario de transacción de los valores, las expectativas y los temores sociales, es un suceso griego. La Universidad, aunque nace como institución en Fez y luego en Europa, no sería posible sin la concepción ateniense del vínculo entre alumno y maestro, un vínculo intelectual y casi familiar que se renueva por el incesante debate de ideas. Esto nos indica, como se dijo anteriormente, que tanto menos se hable de lo clásico, tanto más este pasado reaparecerá en nuestros discursos e instituciones de una manera velada.

Quizás existe un problema mayor en comparación con la progresiva pérdida de protagonismo del pasado clásico en la sociedad contemporánea. Este problema tiene su origen en la ansiedad que la globalización ejerce en la identidad de los grupos sociales. Frente al avance de la interconectividad y la desaparición de las fronteras, muchos consideran que su identidad cultural y comunitaria se ve amenazada por estos desarrollos. Antes de ser subsumidos en un todo “global” y homogéneo, estos individuos prefieren reivindicar y afirmar la superioridad de su cultura, de su tradición y de su civilización. En el mundo sobran los ejemplos de grupos sociales que conciben la cultura contemporánea de este modo.

En este contexto, el desafío estriba en que dichos grupos sociales erigen el pasado grecorromano en un pedestal inexpugnable, partiendo de una suerte de esencialismo o conservadurismo que supone que la verdad se encontraba en los pensadores y artistas del pasado. Esta postura se ve alimentada por una pobre interpretación de la cultura clásica, la tergiversación de los textos antiguos y el estudio superficial de los temas antiguos. Como consecuencia, abundan los discursos en los que subyace una latente suposición de superioridad cultural. Esta sirve como arma contra cualquier otra tradición cultural (las culturas indígenas de América, por ejemplo, o el Islam del Oriente), pintándola como un elemento naturalmente opuesto y enemigo que debe ser descalificado.

Un posgrado en estudios clásicos ha de erigirse como una oportunidad de preguntarse por el significado mismo de lo ‘clásico’ —¿qué es? ¿por qué renace? ¿en qué consiste su vigencia?—, evitando ser un engranaje que preserve el saber de las élites. Como señala Salvatore Settis, en el siglo XX hubo una aproximación peligrosa a esta pregunta, según la que lo clásico corresponde a un inalterable sistema de valores universales creados por los griegos, difundidos por los romanos y legados a nosotros por España. Para esta orilla del pensamiento, hay una continuidad entre la palabra auténtico y la palabra clásico. La alta cultura y los valores nacionales debían beber de esta fuente primorosa porque de ella emanaban las virtudes míticas y arcaicas que servirían de contrapunto al avance caótico de la modernidad. Pasado y presente se entrelazaban para construir un orden futuro regido por aquellas leyes inmutables y necesarias. Esta visión fue adoptaba por varios regímenes autoritarios en el mundo, en incluso en Colombia echaron brotes mutaciones de ella.

Settis opone a esta corriente de lo clásico una concepción que reconoce lo diverso, lo variado y lo contingente de la Antigüedad clásica. Personajes como Aby Warburg no entendían lo clásico como un elemento monolítico sino como un depósito de contenidos culturales que en

cada reencarnación variaba profundamente a partir de procesos históricos discernibles. Al adoptar esta postura, deberíamos reconocer las fracturas regionales y las deudas con “otras” culturas y civilizaciones, las herencias y los olvidos, lo que, en suma, representa para Warburg el drama de la memoria cultural: la reaparición y desvanecimiento de fórmulas iconográficas y significados estéticos.

¿Cómo se enmarca un posgrado universitario en estudios clásicos dentro de este paisaje? Esta iniciativa permitiría que la academia afirme con contundencia que la tradición cultural de Occidente está lejos de estar cerrada y conclusa. No se trata, pues, de hacer historia de la cultura, sino de hacer cultura misma. De acercarse a las —mutables y contingentes— coordenadas de lo que es clásico. En el ámbito universitario contemporáneo, lo clásico es un proyecto con el que se pueden comprender diferentes manifestaciones culturales.

Aunque es el estudio de lo propio, también es el ejercicio de estudiar “otras” civilizaciones, otros tiempos, otras lenguas, otros espacios, otras sociedades y otras vidas. En ese sentido, este posgrado es una apuesta por fomentar aquella radical experiencia de tratar de comprender al otro y su contexto. Los estudiantes estarán siempre entre la frontera entre la identidad y la alteridad, entre lo conocido y lo extraño, entre Ítaca y Troya.